Poesias

Poesias

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Hondos suspiros llevan su alma alada

hasta las nubes. Abre aquel cuchillo

la herida por la que huye su destino.

Atónitos cual piedras por la escena

mortal, no atina nadie a reaccionar;

el padre de Lucrecia al ver abierta

la herida, se abalanza sobre el haz

de sangre, y Bruto saca aquel letal

cuchillo de la fuente bermellona.

La sangre lo persigue, vengadora,

Y brota de su pecho en borbotones

pausados que, con sangre a cada lado,

rodean el cadáver, un islote

recién saqueado, yerto, yermo y vasto,

vacío en la crecida roja, y blanco.

Aún queda sangre buena, roja y pura;

la negra es la que el crimen hizo inmunda.

En la horrorosa faz de negra sangre

helada y mustia, flota un halo acuoso

que es como si en el cenagal llorase;

y desde entonces, tal vez por sus lloros,

la sangre coagulada tiene un tono

de agua, pero a la que es roja y fina

la llena de sonrojo la podrida.

«¡Ay hija, hija!», se duele Lucrecio.

«Te quitas tú la vida y muero yo.

Los hijos de sus padres son reflejo,


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