Poesias
Poesias que obstruye su emoción y su vehemencia,
por fin arranca, mas con tal premura
que brotan de sus labios y se empujan
palabras débiles que a su corazón,
al no entenderse, no le hacen favor.
Sonaba algún «Tarquinio» aquí o allá,
mascado entre los dientes, con desprecio.
Tardaba en descargar la tempestad
y el río del dolor iba en aumento.
Por fin cayó la lluvia y menguó el viento;
esposo y padre lloran y se apoyan:
la han de llorar por hija y por esposa.
La llama suya el uno, suya el otro,
mas no poseen lo que ambos aducen.
El padre dice: «Es mía», y el esposo
«Es mía», le replica, «no me impugnes
el bien de mi dolor. Que nadie jure
que llora por aquella que he perdido,
pues solo ha de velarla Colatino».
«Mas yo», terció Lucrecio, «le di vida,
la misma que ha vertido pronto y tarde».
«¡No, no! Yo fui su esposo y era mía.
Me arrebató a sí misma al suicidarse.»
«Mi hija» y «mi mujer» llenan con ayes
el aire que, quedándose a Lucrecia,
replica «mi hija» y «mi mujer» con pena.
Y Bruto, que el cuchillo de su flanco