Poesias
Poesias había sacado, al ver que disputaban
por su dolor, su ingenio pone a salvo
y en las heridas de Lucrecia lava
su extravagancia, ya considerada
por los romanos propia de bufones,
que broma y chanza tienen por deportes.
Mas se despoja ahora del disfraz
tras el que se escondían sus ideas
y, haciendo gala de sagacidad,
las lágrimas de Colatino frena:
«¡Señor romano, acaba con tu afrenta!
Que mi ignorado ser, dado por lerdo,
instruya a tu experiencia en mi colegio.
»Pues, ¿curas el dolor con más dolor?
¿La herida con heridas va a aliviarse?
¿Acaso crees que vengas la traición
que ha hecho morir a tu mujer matándote?
Ese infantil impulso es de cobardes.
Tu esposa desdichada así lo hizo
y se mató en lugar de su enemigo.
»No mojes más, romano valeroso,
tu corazón en el glacial relente
y ayúdame a rezar por que los ojos
de nuestros dioses vean nuestras preces:
pues de ellos es también de quien depende
que de las calles eche nuestra hombría
el mal que sume a Roma en la ignominia.