Poesias

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Así decía, airada, destruyendo

el contenido con el descontento.

Apacentaba cerca un venerable

pastor que fuera en tiempos un bribón

de corte y de ciudad, de los que saben

ver desfilar las horas del reloj;

el hombre a la afligida se acercó

y, usando el privilegio de sus años,

le requirió la causa del quebranto.

Hacia ella baja; en su bastón de leño

se apoya para, a prudencial distancia,

sentarse y repetirle su deseo

de ser también partícipe del drama:

que si él pudiera darle, le declara,

alivio de su angustia, así lo hará

por mor de la clemencia de la edad.

«Que ahora en mí», dice ella, «padre, veas

la huella de hondas horas de dolor

no debe guiar tu juicio a que soy vieja:

las penas, no la edad, son mi opresión.

Aún podría estarme abriendo yo

y ser la flor que fui, de haberme dado

a mí mi amor, en vez de amar en vano.

»Mas, ¡ay de mí!, me avine sin demora

a los requerimientos amorosos

de un joven tan apuesto que las mozas

no pueden quitar ojo de su rostro,


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