Poesias
Poesias ungüento terrenal para una diosa.
Es tal su ardor y su deseo, tanto,
que tira de él y logra desmontarlo.
Sofrena con un brazo el recio potro
y tiene bajo el otro al tierno joven
que con desdén se ofusca y frunce el morro,
sin brío ni apetito de deporte;
ardiendo en llamas ella, rojo fuego,
y él, rojo de vergüenza, como un hielo.
Ella ata aprisa al nudo de una rama
la brida ornada. ¡Raudo es el amor!
Atado está el caballo y ya se afana
por sujetar a quien lo cabalgó.
Y aunque es más fuerte que él y lo derriba,
no logra someterlo a su lascivia.
Ni bien lo ve en el suelo está a su vera,
cadera con cadera y codo a codo;
le roza la mejilla y él protesta,
mas ella lo silencia poco a poco,
hablando en besos de una lengua rota:
«Protesta y no abrirás ya más la boca».
Él arde de vergüenza y ella alivia
sus núbiles mejillas con sus lágrimas
que trata luego, con lo que suspira
y sus cabellos de oro, de secarlas.
La acusa de inmodesta y de ofenderlo
y ella asesina el resto con un beso.