Poesias
Poesias Con el afán, su lengua al fin se aturde
y la pasión creciente pide pausa.
Sus ojos y su rostro en llamas sufren:
jueza en amores y en su amor pleiteada.
Solloza a ratos o habla en un susurro
y el llanto rompe todo su discurso.
Su mano aprieta o la cabeza agita,
o clava en él la vista o mira abajo,
lo envuelve con sus brazos como cintas,
queriendo, y él no quiere, sujetarlo.
Y cuando él se revuelve, torna pronto
sus dedos de azucena en un cerrojo.
«Cariño», dice, «si yo te he traído
a este corral de estacas marmoladas,
es por ser parque y tú, mi cervatillo,
que abreva ora en el valle o la montaña;
pasta en mis labios, pero si esas cotas
se secan, baja a fuentes más sabrosas.
»De todo dispondrás en este linde:
humbrías frescas, prados y mesetas,
colinas mansas, matorrales firmes,
cobijo de la lluvia y las tormentas.
Sé pues mi ciervo, y yo seré tu parque;
ni un perro acechará, aunque muchos ladren.»
Sonríe a esto Adonis con desdén
y enseña dos hoyuelos deliciosos
que amor cavó; si fuera a morir él,