Sueño de una noche de verano
Sueño de una noche de verano HERMIA.—¿Qué importa eso a mi Lisandro? ¿Dónde está…? ¡Ah, buen Demetrio! ¿Quieres devolvérmelo?
DEMETRIO.—PreferirÃa arrojar su osamenta a mis perros.
HERMIA.—¡Fuera de aquÃ, tigre! ¡Fuera, chacal! Me atormentas más allá del lÃmite de toda paciencia. Es decir, ¿tú lo has asesinado? ¡Qué jamás se te vuelva a contar entre los hombres! ¡Oh! Di la verdad, dila siquiera una vez, por piedad. ¿Te atreves a haberlo mirado despierto y lo matas cuando yace dormido? ¡Oh heroÃsmo! Un gusano, un áspid, ¿no podrÃan hacer lo propio? Porque nunca áspid alguno pudo herir con lengua más pérfida que la tuya, ¡serpiente!
DEMETRIO.—Gastáis vuestra cólera, vÃctima de un engaño. No soy culpable de la sangre de Lisandro, ni tengo indicio alguno para pensar que haya muerto.
HERMIA.—Pues entonces te suplico que me digas que está bien.
DEMETRIO.—Y si pudiera hacerlo, ¿qué me valdrÃa?
HERMIA.—El privilegio de no verme jamás. Abandono tu presencia con este voto. No vuelvas a verme, sea que haya muerto o no.
(Sale HERMIA).