Sueño de una noche de verano
Sueño de una noche de verano DEMETRIO.—Me alegrarÃa tener alguna prenda de ello, pues no confÃo en tu palabra.
LISANDRO.—¡Qué! ¿TendrÃa que darle golpes, lastimarla, maltratarla? Por más que la aborrezco, no le harÃa tal daño.
HERMIA.—¡Pues qué! ¿PodrÃas hacerme un daño mayor que aborrecerme? ¡Aborrecerme! ¿Y por qué? ¡Desgraciada de mÃ! ¿Qué ha pasado, amor mÃo? ¿No soy Hermia? ¿No eres tú Lisandro? Tan hermosa soy ahora como la noche en que me amaste, como la noche en que me dejaste. No quieran los dioses que hables de veras.
LISANDRO.—¡SÃ, por mi vida! Y quisiera no haber vuelto a verte jamás. Asà pues, no tengas esperanza ni duda; no es una chanza, no hay tan verdadero y cierto como el odio que siento hacia ti.
HERMIA.—¡Desgraciada de mÃ! ¡Oh tú, impostora, ladrona de amor! ¿Has venido de noche para robarme el corazón de ése a quien amo?
ELENA.—A fe mÃa que os sientan bien estas palabras. ¿No tenéis ya modestia ni rubor y se desvaneció la menor sombra de delicadeza? ¿Quieres arrancar, por ventura, de mi lengua prudente airadas voces? ¡Estás haciendo una comedia, tú, muñeca!