Sueño de una noche de verano
Sueño de una noche de verano HERMIA.—¿Por qué muñeca? ¡Ah! Ya veo la traza. Ahora caigo en que habrá comparado nuestras estaturas, decantó la suya, y con sus ventajas ha prevalecido sobre él. ¿Y habéis crecido tanto en su afecto por ser yo tan pequeña y baja? ¿Muy baja soy, asta de bandera pintarrajeada? ¡Habla! ¿Muy baja soy? ¡Pues no lo soy tanto que no puedan mis uñas llegar hasta tus ojos!
ELENA.—Os ruego, señores, aunque os burléis de mÃ, que no la dejéis hacerme daño. No es mi costumbre echar maldiciones, ni tengo aptitud para el mal, sino que a fuer de doncella soy temerosa. No dejéis que me maltrate. Quizá os parece que, por ser ella algo menor de estatura que yo, podré luchar con ella.
HERMIA.—¡La estatura! ¡Otra vez la estatura!
ELENA.—Buena Hermia, no os airéis contra mÃ. Yo siempre os tuve afecto y seguà en todo vuestros consejos, y nunca os hice mal alguno, a no ser que, por amor a Demetrio, le dije de vuestra fuga a este bosque. Él os siguió, y yo le seguà por amor, pero él me echo de aquà y me amenazo con darme golpes y aun con matarme. Ahora sólo deseo que me dejéis volver en paz a Atenas y no me sigáis más. Dejadme ir. Ya veis cuan simple y afectuosa soy.
HERMIA.—Pues marchaos. ¿Quién os lo estorba?
ELENA.—Un corazón desatentado que dejo tras de mÃ.
HERMIA.—¡Con quién! ¿Con Lisandro?