Sueño de una noche de verano
Sueño de una noche de verano ELENA.—Con Demetrio.
LISANDRO.—No temas, Elena. No te hará ningún mal.
DEMETRIO.—No, señor; no lo hará, a no ser que tomes su parte.
ELENA.—¡Oh! Cuando se enfurece es maligna y astuta. Cuando iba a la escuela era una vÃbora, y aunque pequeña es de Ãndole fiera.
HERMIA.—¿Otra vez pequeña? ¿Siempre baja y pequeña? ¿Por qué permitÃs que me ultraje asÃ? Dejadme que me entienda con ella.
LISANDRO.—¡Vete, enana, abalorio, puñado de mala paja!
DEMETRIO.—Soy demasiado comedido y solÃcito en favor de la que desdeña vuestros servicios. Dejadla sola; no habléis de Elena ni toméis su defensa. Si intentáis mostrar hacia ella la menor familiaridad, responderéis de ello.
LISANDRO.—Ahora no tiene imperio sobre mÃ. SÃgueme, si te atreves, y probemos quien de los dos tiene mejor derecho a pretender a Elena.
DEMETRIO.—¿Seguirte? No, sino a tu lado.
(Salen LISANDRO y DEMETRIO).
HERMIA.—Señora mÃa, toda esta querella es obra vuestra. No, no os vayáis.