Trabajos de amor perdidos

Trabajos de amor perdidos

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BOYET.—Hallábame tendido a la fresca sombra de un sicomoro, invocando las delicias de media hora de sueño, cuando ¡ved!, para interrumpir mis proyectos de sopor, distingo al rey y a sus compañeros que se dirigían hacia aquella sombra. Me oculto prudentemente en un matorral vecino y oigo lo que vais a escuchar, o sea que dentro de breves momentos se presentarán aquí disfrazados. Su heraldo es un lindo bribonzuelo de paje, que ha aprendido de memoria los términos de su embajada. Le han enseñado allí el gesto y el acento. «Así es como debes hablar, y de esta manera como debes conducirte». Y como, acto seguido, recelasen que la presencia de Vuestra Majestad le hiciera perder su aplomo, le dice el rey. «Es un ángel lo que vas a ver; por tanto, no tengas miedo, antes bien, habla audazmente». Y replica el paje: «Un ángel no es un diablo; yo la temería si fuera un demonio». Con lo cual todos aplaudieron y le prodigaron unas palmaditas en el hombro, haciendo al desenvuelto farsante más desenvuelto aún con sus alabanzas. Uno se frotaba así los codos, dibujando una mueca y jurando no haberse pronunciado jamás un discurso mejor. Otro castañeteando el pulgar y el índice, exclamaba: «¡Via, ya está decidido! ¡Suceda lo que quiera!» Un tercero hizo una cabriola y repuso: «¡Todo va bien!» Y el cuarto, queriendo girar sobre sus talones, se cayó al suelo. Hecho lo cual, todos han rodado por tierra, desatándose en risotadas tan ridículas, tan intensas que, para moderar su extravagancia, vierten tristes lágrimas de emoción.


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