Trabajos de amor perdidos
Trabajos de amor perdidos BEROWNE.—¡Oh! ¡Es posible! ¡Yo, enamorado! ¡Yo, azote del amor, corchete de los apasionados suspiros, censor austero!, ¡qué más!, ¡alguacil nocturno, pedante imperioso, que reprimÃa con mayor arrogancia que ningún mortal a ese niño vendado, a ese lloricón, a ese miope, a ese perverso, a ese joven anciano, a ese enano gigante Don Cupido; regente de las rimas amorosas, dueño de los brazos cruzados, soberano ungido de los suspiros y de los sollozos, señor feudal de los ociosos y descontentos, temible prÃncipe de los jubones, rey de las bragas, único emperador y capitán general de los procuradores que callejean[24]! ¡Pobre corazoncito mÃo! Heme aquà su edecán de campo[25], llevando en mi escarapela sus colores como el aro de un saltimbanqui. ¡Cómo! ¡Yo! ¡Enamorado! ¡Haciendo la corte! ¡En busca de esposa! ¡De una mujer que, semejante a un reloj alemán necesitará continuamente composturas, siempre desarreglado, nunca bien, por cuidados que se tengan con su marcha! ¡Y luego, haber perjurado, que es lo peor de todo, y entre tres mujeres, amar la peor de las tres! Una frÃvola y blanca criatura con cejas de terciopelo y dos bolitas negras a guisa de ojos. ¡Y, por el cielo, una arrogante moza, que se pagará de ellos, aunque Argos fuera su eunuco y su guardián! ¡Y yo suspiro por ella! ¡Velo por ella! ¡Ruego por ella! ¡Vamos; es un tormento que me impone Cupido por haber ignorado el poder formidable de su débil poder! ¡Sea! ¡Amaré, escribiré, suspiraré, rogaré, cortejaré y exhalaré gemidos! Unos se encaprichan de una dama y otros de un marimacho. (Sale.)