Trabajos de amor perdidos

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Escena II

El mismo lugar.

Entran HOLOFERNES[36], SIR NATANIEL y DULL

NATANIEL.—Es una reverenda caza, en verdad, y hecha con el testimonio de una buena conciencia.

HOLOFERNES.—El ciervo, como sabéis, estaba nadando en sanguis, en sangre; maduro como una pera de agua, que cuelga, semejante a una joya, de la oreja del coelo, del cielo, del firmamento, y que en seguida cae, tal un fruto silvestre, sobre la faz de la terra, de la tierra, del continente, del suelo.

NATANIEL.—A decir bien, maese Holofernes, los epítetos no pueden estar más agradablemente variados, como verdadero sabio que sois. Pero, señor, os aseguro que era un gamo de primera leche.

HOLOFERNES.—Sir Nataniel, haud cred[37].

DULL.—No era un haud credo, sino un cervatillo.

HOLOFERNES.—¡Oh, la más disparatada de las observaciones! Sin embargo, es una insinuación, como si dijéramos, in via, en camino, de explicación; para facere, por llamarlo así, una réplica, o, lo que es igual, para ostentare, esto es, mostrar, su opinión…, aunque de una manera abrupta, impolítica, grosera, inculta, ineducada, o más bien iletrada, o todavía mejor, inexperta…, por confundir mi haud credo con un cervato.

DULL.—Decía que el gamo no era un haud credo, sino un cervatillo.


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