Trabajos de amor perdidos

Trabajos de amor perdidos

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JAQUINETA.—Buen Costard, acompáñame. Señor, Dios guarde vuestra vida.

COSTARD.—Soy contigo, muchacha. (Salen COSTARD y JAQUINETA.)

NATANIEL.—Señor, habéis obrado en esto muy religiosamente y en el temor de Dios, y como dice cierto padre de la Iglesia…

HOLOFERNES.—No me habléis de padre alguno de la Iglesia, señor. Siento horror por toda perfección perfecta. Pero volviendo a los versos: ¿es que os gustan, sir Nataniel?

NATANIEL.—Se hallan maravillosamente escritos.

HOLOFERNES.—Estoy invitado a comer hoy en casa del padre de un discípulo mío, donde, si antes de la comida tenéis a bien bendecir la mesa con alguna gracia, podría yo, gracias al privilegio de que gozo cerca de los padres del susodicho niño o alumno, procuraros un ben venuto[48]. Allí os demostraré que esos versos son muy indoctos, sin sabor poético, ingenio ni invención. Os suplico vuestra compañía.

NATANIEL.—Y yo os doy las gracias; que la compañía, dice el proverbio, es la felicidad de la vida.

HOLOFERNES.—Y, ciertamente, el proverbio concluye del modo más infalible. (A DULL.) Señor, vos también quedáis invitado. No me digáis que no: pauca verba[49] ¡Adelante! Los caballeros están en su caza y nosotros estaremos en nuestra recreación. (Salen.)


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