Cuentos goticos
Cuentos goticos Su semblante era tan sosegado… irradiaba una devoción tan angelical y una fe en el bien que Lostendardo no tuvo valor para mirarla. Durante un momento —cuando ella quedó en silencio y miró la estrella—, se sintió impulsado a arrojarse a sus pies y confesarle el plan diabólico que habÃa tramado, y entregarse en cuerpo y alma a su guÃa, a servirla, obedecerla y venerarla. Pero el impulso fue momentáneo y el sentimiento de venganza regresó a él. Desde el momento en que ella le habÃa rechazado, el fuego de la ira habÃa ardido en su corazón, consumiendo toda sensación sana, toda simpatÃa humana y gentileza del alma. HabÃa jurado no dormir en un lecho o beber otra cosa que no fuera agua hasta que su primera copa de vino no estuviera mezclada con la sangre de Manfredo. HabÃa cumplido ese juramento. Una extraña alteración se habÃa labrado en su interior desde el momento en que vaciara aquella impÃa copa. El espÃritu, no de un hombre sino de un diablo, parecÃa vivir dentro de él, instándole al crimen, del que sólo su larga y postergada esperanza de venganza le habÃan retrasado. Pero Despina se hallaba ahora en su poder, y le daba la impresión de que el destino le habÃa preservado tanto tiempo solo con el fin de que pudiera abatir su furia completa sobre ella. Cuando le habló de amor, pensó cómo podrÃa extraer de ello dolor. Formó su plan; y una vez conquistada su leve debilidad humana, centró sus pensamientos en la realización. Sin embargo, temÃa quedarse más tiempo con ella, de modo que la dejó, diciendo que le enviarÃa sirvientes que le mostrarÃan las dependencias donde podrÃa descansar. Pasaron varias horas, pero nadie fue a verla. Las lámparas estaban bastante consumidas y ardÃan bajas, y las estrellas del firmamento podÃan ahora conquistar la luz más débil con sus rayos titilantes. Una a una esas lámparas se extinguieron, y las sombras de las altas ventanas del salón, antes invisibles, se proyectaron sobre el suelo de mármol. Despina alzó la vista, inconscientemente al principio, hasta que se encontró contando —una, dos, tres— las formas de las barras de hierro que se extendÃan de manera plácida sobre la piedra.