Cuentos goticos
Cuentos goticos —Si lo hubiera hecho —gritó—, nunca más habrÃa estado ante mi chimenea. Pero juró su inocencia, y de verdad, pobre hombre, serÃa un pecado no creerle.
¿Por qué, si el desconocido no era un Elisei, habrÃa exhibido tal horror al ver al supuesto asesino del cabeza de la familia? Cincolo le dio la espalda al fuego. Después comprobó si su cuchillo pendÃa seguro del cinturón, se quitó los zapatos estilo sandalias y se calzó unas botas fuertes forradas en piel. Esto último llamó la atención de Gegia.
—¿En qué andas, buen hombre? —inquirió con voz sonora—. Ésta no es hora de cambiarte de ropa, sino de venir a la cama. Esta noche no hablarás, pero mañana espero sacártelo todo. ¿Qué planeas?
—Estoy a punto de dejarte, Gegia. ¡Que el cielo te bendiga y te proteja! Me voy a Pisa.
Gegia lanzó un grito e hizo amago de protestar con gran vehemencia, pero las lágrimas cayeron por sus envejecidas mejillas. Las lágrimas también llenaron los ojos de Cincolo cuando dijo:
—No me marcho por lo que tú sospechas. No me alistaré en el ejército de Corradino, aunque mi corazón estará con él. Sólo llevaré una carta y regresaré sin demora alguna.