Cuentos goticos
Cuentos goticos Mi padre tenía un amigo, un genovés noble y rico, que en un tumulto político se vio repentinamente sentenciado al destierro y sus propiedades fueron confiscadas. El marqués de Torella fue solo al exilio. Al igual que mi padre, era viudo. Tenía una hija, la pequeña Juliet, que quedó bajo la custodia de mi padre. Ciertamente, yo habría sido un maestro poco amable para la adorable muchacha, pero por mi posición me vi obligado a convertirme en su protector. Diversidad de incidentes llevaron a un único punto: que Juliet viera en mí una roca de refugio, y yo en ella a una persona que debía perecer por la suave sensibilidad de su naturaleza rudamente sacudida, de no ser por mis cuidados de guardián. Crecimos juntos. La rosa que se abre en mayo no era más dulce que esta querida joven. Su rostro irradiaba belleza. Su silueta, su andar, su voz… mi corazón llora incluso ahora al pensar en todo el candor, amabilidad, amor y pureza encerrados en esa morada celestial. Cuando yo tenía once años y Juliet ocho, un primo mío, mucho mayor que los dos —a nosotros nos parecía un hombre—, le prestó mucha atención a mi compañera de juegos. La llamó su prometida y le pidió que se casara con él. Ella se negó y él insistió, atrayéndola contra su voluntad hacia él. Con el semblante y las emociones de un maníaco, me lancé sobre él y me afané por desenfundar su espada… me aferré a su cuello con la feroz resolución de ahorcarle; tuvo que pedir ayuda para que me separaran. Aquella noche llevé a Juliet a la capilla de nuestra casa e hice que tocara las reliquias sagradas: intimidé su corazón infantil y profané sus labios de niña con el juramento de que sería mía, sólo mía.