Cuentos goticos

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De nuevo se agitaron los matorrales y se oyeron pisadas en la maleza. Se levantó: el corazón le latía a toda velocidad. Debía de tratarse de esa tonta de Manon, con sus impertinentes súplicas para que volviera a casa. Pero los pasos eran más firmes y lentos que los de su criada. Entonces, saliendo de las sombras, pudo distinguir con claridad al intruso. Su primer impulso fue huir… pero verle una vez más, oír su voz de nuevo, antes de que los separaran los juramentos eternos, y desterrar el ancho abismo que había causado la ausencia, eso no podía herir a los muertos, y suavizaría el dolor fatal que tanto empalidecía sus mejillas.

Y entonces lo vio ante ella, el mismo amado con quien había intercambiado votos de constancia. Como ella, parecía triste, y no fue capaz de resistir la mirada implorante que le suplicaba que se quedara un momento.

—He venido, señora —dijo el joven caballero—, sin esperanza de cambiar vuestra inflexible voluntad. He venido por última vez a veros, y a deciros adiós antes de partir a Tierra Santa. He venido a imploraros que no os encerréis en el oscuro claustro para evitar a alguien tan odioso como yo: alguien a quien no veréis nunca más. ¡No importa si vivo o muero en Palestina, Francia y yo nos separamos para siempre!


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