Cuentos goticos
Cuentos goticos —¡Palestina! —exclamó Constance—. SerÃa terrible si fuera cierto, pero el rey Enrique jamás perderá a su caballero favorito. Seguiréis guardando el trono que ayudasteis a construir. No, si alguna vez he tenido poder sobre vuestros pensamientos, no vayáis a Palestina.
—Una palabra vuestra podrÃa detenerme… una sonrisa… Constance…
Y el joven amante se arrodilló ante ella. Pero el decidido propósito de la joven volvió a su corazón al contemplar la imagen del amado, una vez tan querida y familiar, ahora tan extraña y prohibida.
—¡No permanezcáis más aquÃ! —gritó—. Ninguna sonrisa, ninguna palabra volverá a ser vuestra. ¿Por qué permanecéis aquÃ… aquÃ, donde vagan los espÃritus de los muertos, que reclaman estas sombras como propias, y maldicen a la muchacha falsa que permite que su asesino perturbe su sagrado reposo?
—Cuando el amor era joven y vos amable —replicó el caballero—, me enseñasteis a conocer las complejidades de este bosque… me disteis la bienvenida a este querido lugar, donde una vez jurasteis ser mÃa… bajo este mismo árbol.
—Perverso pecado fue —dijo Constance— abrir las puertas de mi padre al hijo de su enemigo, ¡y grande fue el castigo!