Cuentos goticos
Cuentos goticos El joven caballero hizo acopio de valor mientras ella hablaba. Sin embargo, no se atrevió a moverse por miedo a que, dispuesta como estaba a huir en cualquier instante, se viera sobresaltada de su momentánea tranquilidad, y contestó despacio:
—Aquellos fueron días felices, Constance, llenos de terror y profundo gozo, cuando la noche me llevaba a vuestros pies; y mientras el odio y la venganza eran la atmósfera de aquel lóbrego castillo, este cenador verde e iluminado por las estrellas fue el altar del amor.
—¿Felices? ¡Días desgraciados! —repitió Constance—. Cuando yo imaginaba que el bien podía surgir de mi traición al deber, y que la desobediencia sería premiada por Dios. ¡No habléis de amor, Gaspar! ¡Un mar de sangre nos separa para siempre! ¡No os acerquéis! Los muertos y los amados se alzan incluso ahora entre nosotros: sus pálidas sombras me recuerdan mi falta y me amenazan por escuchar a su asesino.