Cuentos goticos

Cuentos goticos

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La noche amenazaba con ser tormentosa: el viento colérico sacudía los bastidores y los árboles agitaban sus enormes y oscuros brazos, igual que gigantes en una danza fantástica o en un enfrentamiento mortal. Constance y Manon abandonaron el castillo por una puerta trasera y comenzaron a descender por la ladera de la colina. La luna aún no había salido, y aunque el sendero era familiar para las dos, Manon trastabillaba y temblaba, mientras que la condesa, arrebujándose en su chal de seda, caminaba con paso firme por la pendiente. Llegaron a la orilla del río, donde había un bote atracado y aguardaba un hombre. Constance subió con movimiento ligero y ayudó a su temerosa doncella. En unos momentos se encontraron en medio de la corriente. El viento cálido, tempestuoso, vigorizante y equinoccial las rodeó. Por primera vez desde que guardara luto, una sensación de placer llenó el pecho de Constance. Le dio la bienvenida a la emoción con profundo gozo. «No puede ser», pensó, «que el Cielo me prohíba amar a alguien tan valeroso, tan generoso y bueno como el noble Gaspar. Jamás podré amar a otro; moriré si me veo separada de él; y este corazón, estos miembros tan vivos con resplandecientes sensaciones, ¿están ya predestinados a una prematura tumba? ¡Oh, no! La vida habla con voz sonora a través de ellos. Viviré para amar. ¿No aman todas las cosas? ¿Los vientos mientras le susurran a las veloces aguas, las aguas al besar las floridas riberas y correr a mezclarse con el mar? El cielo y la tierra se sustentan y viven del amor, ¿y sólo Constance, cuyo corazón siempre ha sido una profunda, borboteante y rebosante fuente de verdadero afecto, estará obligada a colocar una piedra sobre él para encerrarlo para siempre?»


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