Cuentos goticos
Cuentos goticos Mientras tanto, se acercaron al desembarcadero. Su bote fue atracado en una pequeña cala, y Constance saltó a la ribera. Temblaba y casi cedió a las súplicas de Manon de volver al castillo, hasta que la precipitada suivante mencionó los nombres del rey y de De Vaudemont y le recordó la respuesta que debÃa darles mañana. ¿Qué respuesta, si se apartaba de su objetivo?
Corrió por el terreno quebrado de la orilla y, luego, por el borde, hasta que llegaron a una colina que terminaba y colgaba abruptamente sobre la corriente. Cerca habÃa una capilla pequeña. Con dedos temblorosos, la condesa sacó la llave y abrió la puerta. Entraron. Reinaba la oscuridad, salvo por una lámpara que titilaba en el viento y proyectaba una luz incierta ante la estatuilla de Santa Catalina. Las dos mujeres se arrodillaron y rezaron; y, después, levantándose, la condesa le deseó con voz alegre buenas noches a la doncella. Abrió una puerta baja de hierro. Daba a una cueva estrecha. Más allá se oÃa el rugido de las aguas.
—No puedes seguirme, mi pobre Manon —dijo—, ni por mucho que lo desees: esta aventura sólo es para mÃ.