Cuentos goticos

Cuentos goticos

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No era muy justo dejar a la sirvienta temblorosa en la capilla, que no tenía esperanza ni miedo, amor o dolor que la encantaran, pero, en aquellos días, los escuderos y las doncellas a menudo interpretaban el papel de los subalternos en los ejércitos, que recibían los golpes y no la fama. Además, Manon se hallaba a salvo en tierra bendita. Mientras tanto, la condesa avanzó tanteando en la oscuridad a través del pasaje estrecho y tortuoso. Finalmente, delante de ella brilló lo que para su visión a oscuras era una luz. Llegó a una cueva abierta en la ladera de la colina, que daba a las rápidas aguas de abajo. Sus ojos se posaron en la noche. Las aguas del Loire iban veloces, cambiantes pero al mismo tiempo iguales; el cielo se hallaba oculto por densas nubes y el viento entre los árboles era tan quejumbroso y ominoso como si rodeara la tumba de un asesino. Constance tembló un poco y observó su lecho: una estrecha franja de tierra con una piedra recubierta de moho que bordeaba casi con el mismo precipicio. Se quitó el chal —tal era una de las condiciones del hechizo—, inclinó la cabeza y se soltó las trenzas de su oscuro cabello; se descalzó los pies, y, así, totalmente preparada para padecer al máximo la fría influencia de la noche, se tendió sobre el lecho que apenas le brindaba espacio para el descanso, y donde, si se movía en sueños, se precipitaría a las gélidas aguas de abajo.


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