Cuentos goticos
Cuentos goticos Ludovico había iniciado la cacería con una capa de seda forrada con las pieles más selectas. Se la había quitado y dejado sobre el caballo para que no le estorbara en el descenso. Salió de la cabaña, corrió sendero arriba, siguiendo las huellas de sus pisadas, y llegó a donde le esperaba su corcel. No volvió a bajar por el mismo sendero, pues pensó que quizá tuviera que buscar ayuda para la mujer moribunda. Condujo su caballo colina abajo por un camino más indirecto, y, aunque marchó a la máxima velocidad que le fue posible, la noche cayó y sólo el destello de la nieve le permitió ver el camino que había decidido seguir. Cuando llegó al sendero vio que la cabaña, antes tan oscura, aparecía iluminada, y al acercarse oyó el solemne himno de muerte al ser cantado por los sacerdotes que había dentro. El cambio había tenido lugar, el alma había dejado su mansión mortal y la ruina abandonada era atendida con más solemnidad de la que se había prestado a la lucha mortal. Ludovico entró sin que nadie lo notara entre la multitud de sacerdotes y miró a su alrededor en busca de la hermosa mujer que había visto antes. Estaba sentada, apartada de los sacerdotes, sobre un montículo de hojas en un rincón de la cabaña. Tenía las manos unidas sobre las rodillas, la cabeza inclinada, y a cada rato se secaba las lágrimas con el cabello. Ludovico la cubrió con su capa. Ella alzó la vista y se arrebujó en el abrigo, más para ocultar su persona que por ansia de calor. Luego, girando de nuevo el rostro, quedó sumida en sus melancólicos pensamientos.