Cuentos goticos
Cuentos goticos —Me consideraba a mà mismo desgraciado —gritó—, yo, que estoy bien vestido y alimentado, y esta pobre campesina, medio hambrienta, se desprende de su abrigo necesario para cubrir las extremidades moribundas de su única amiga. Yo también he perdido a la única que tenÃa, y ése es mi verdadero infortunio, la causa de todas mis desgracias… algo por lo que los aduladores querrÃan asumir ese nombre, los espÃas y traidores usurpar ese puesto. A todos los he hecho a un lado, me los he quitado de encima como aquella rama que arroja la nieve que le molesta a la tierra, no tan frÃa como sus gélidos corazones… Pero estoy solo… la soledad roe mi corazón y me vuelve salvaje… desgraciado… despreciable.
Sin embargo, aunque pensaba de esa manera, el corazón de Ludovico se suavizó por lo que habÃa visto, y experimentó sentimientos más tranquilos. HabÃa sentido compasión por alguien que la necesitaba; le habÃa conferido un beneficio al necesitado; la ternura curvó sus labios en una sonrisa, y el orgullo de ser útil le dio dignidad al fuego de sus ojos. Las personas que le rodeaban notaron el cambio, y, sin encontrarse con el habitual desdén de su comportamiento, también ellas se suavizaron, y la aparente alteración en su carácter pareció dispuesta a efectuar una metamorfosis igual de grande en su situación externa. Pero no habÃa llegado el tiempo en que ese cambio serÃa permanente.