Cuentos goticos

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Al día siguiente a esa cacería, el príncipe Fernando marchó a Napóles y le ordenó a su hijo que fuera con él. La residencia de Nápoles le resultaba peculiarmente irritante a Ludovico. En la campiña disfrutaba de una comparativa libertad. Satisfecho de que se encontrara en el castillo, a veces su padre le olvidaba durante días enteros, pero aquí era diferente. Temeroso de que hiciera amigos y contactos, y sabiendo que su figura imponente y modales peculiares atraían a menudo la curiosidad, siempre le mantenía a la vista, o, si le dejaba por un momento, se cercioraba primero de la gente que le rodeaba y disponía cerca a personas de su confianza, cuya sola visión resultaba como veneno para los ojos de Ludovico. A todo esto hay que añadir que el príncipe de Mondolfo disfrutaba con insultar y amedrentar a su hijo en público y, consciente de sus deficiencias en los logros más elegantes, le exponía incluso a la burla de sus amigos. Se quedaron dos meses en Nápoles. Después, regresaron a Mondolfo.







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