Cuentos goticos

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Ludovico hizo una reverencia y se marchó. Se apresuró a ir a su cabaña donde relató todo lo que recordó o comprendió de la escena, y le pidió a Viola que estuviera lista para ir al castillo a la primera notificación. Viola tembló; pensó que no todo resultaba tan hermoso como informaba Ludovico. No obstante, ocultó sus miedos, e incluso le sonrió a su esposo cuando éste saludó con un beso a su hijo como el heredero de Mondolfo.

Fernando había dominado la expresión y la voz mientras su hijo estuvo presente. Se había acercado a la ventana del salón, donde permaneció mirando fijamente el puente levadizo hasta que Ludovico lo atravesó y desapareció. Luego, al verse libre de la necesidad de dominar sus impulsos, lo recorrió de un lado a otro mientras el techo resonaba con su impetuoso andar. Pronunció gritos y maldiciones, y se golpeó la cabeza con el puño. Transcurrió tiempo hasta que fue capaz de pensar… sólo sentía, y la sensación era de tortura. Por fin la tempestad amainó y se dejó caer en el sillón. Las cejas fruncidas y los labios convulsionados mostraban la intensidad de su concentración. Al principio todo fue un torbellino aterrador; poco a poco, el movimiento se suavizó y sus pensamientos fluyeron con más calma, discurriendo por un canal que recorrió con cautela hasta que creyó ver el resultado.


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