Cuentos goticos

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Pasó horas en dicha contemplación. Cuando se levantó, como alguien que hubiera dormido mal debido a alguna pesadilla, desaparecieron las arrugas de su frente, extendió el brazo, abrió la mano y gritó:

—¡Así es! ¡Y yo le destierro!

Llegó la noche y Ludovico fue anunciado. Fernando temía a su hijo. Siempre había sentido miedo de su decidido e intrépido modo de actuar. Temía enfrentarse a las pasiones del muchacho, y sentía que en la contienda las suyas no serían las vencedoras. Así, ocultando todo el odio, la venganza y la ira, le recibió con una sonrisa. Ludovico también sonrió; sin embargo, no había parecido alguno en las expresiones: una era de franqueza, júbilo y afecto; la otra, la velada mueca de la malicia ahogada. Fernando dijo:

—Hijo mío, has entrado ligeramente en el matrimonio, como si fuera un juego de niños; pero, cuando hay principados y sangre noble en juego, las pérdidas o ganancias son demasiado importantes. ¡Silencio, Ludovico! Escúchame, te lo suplico. Has contraído un extraño matrimonio con una campesina. Una unión que no puedo aprobar porque será desagradable para tu soberano y despreciable para todos los que tienen alianza con la noble casa de Mondolfo.

Un sudor frío sobresalió en la frente de Fernando al hablar; se detuvo, recuperó el dominio de sí mismo, y continuó:


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