Cuentos goticos

Cuentos goticos

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Ludovico aceptó con buena disposición tales arreglos, y esa misma tarde fue a despedirse de Viola. Estaba sentada al lado de los laureles donde por primera vez pronunciaran sus mutuos juramentos, con su hijo en brazos, que miraba maravillado y se reía ante la luz de las luciérnagas. Habían pasado dos años. De nuevo era verano, y cuando la luz de sus ojos se encontró y se entremezcló, cada uno bebió de la jubilosa certidumbre de que aún se amaban igual que cuando él, llorando de intensa emoción, se hallaba sentado junto al árbol. Le contó la visita que tenía que realizar a Nápoles, que su padre le había preparado, y una nube pasó por el semblante de Viola, pero la apartó. Nada temería; sin embargo, una y otra vez, una horrible sensación de desgracia inminente hizo que su corazón palpitara con fuerza, y en cada ocasión le fue más difícil resistir. Al caer la noche se llevó al niño dormido al interior de la cabaña y lo depositó en su cama, luego paseó arriba y abajo por el sendero del bosque en compañía de Ludovico, hasta que llegó el momento de su partida, ya que el clima caluroso hacía necesario que viajara de noche. De nuevo Viola experimentó el temor del peligro, y de nuevo lo hizo a un lado con una sonrisa, pero cuando Ludovico se volvió para despedirse con un abrazo, se lo devolvió con todas sus fuerzas. Llorando amargamente, se aferró a él y le suplicó que no se fuera. Sobresaltado por esa ansiedad, solicitó una explicación, pero la única que fue capaz de darle provocó una sonrisa gentil en él, al tiempo que la acariciaba y le pedía que mantuviera la calma. Luego, señalando la luna creciente que brillaba a través de los árboles, le aseguró que volvería antes de que estuviera llena, y con otro abrazo la dejó allí llorando. Y así es como a menudo se revela una extraña profecía, y el espíritu de Casandra habita en muchos y desventurados corazones humanos, y a través de numerosos labios pronuncia presagios de males futuros que se ignoran: los que los oyen no les prestan atención —incluso el que los pronuncia apenas les da crédito—, y surge el mal, que si hubiera podido ser evitado, ninguna Casandra podría haber presagiado, pues no existiría si ese espíritu no fuera un seguro heraldo; ni estas revelaciones tendrían lugar si los resultados no cumplieran y desarrollaran el boceto.


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