Cuentos goticos
Cuentos goticos Su sueño fue breve y ligero. Se despertó antes de la salida del sol, que apenas había empezado a proyectar largas sombras sobre el suelo. Se cubrió con la capa, y se disponía a ir con el pequeño a la cercana capilla de Santa Chiara, cuando oyó un ruido de caballos que subían por el sendero. El corazón le palpitó con fuerza, y más aún cuando vio a un extraño entrar en la cabaña. Su porte era autoritario, y la edad, que le había encanecido el pelo, no había mitigado el fuego de sus ojos ni estropeado la majestad de sus maneras, pero cada línea estaba marcada por el orgullo e incluso la crueldad. Más evidentes eran una fuerte voluntad y desdén. De algún modo era como había sido Ludovico, tan parecido que Viola no dudó que ante ella tenía a su padre. Intentó hacer acopio de valor, pero la sorpresa, su porte altivo y, por encima de todo, el sonido de muchos caballos y las voces de hombres que habían permanecido fuera de la cabaña, la perturbaron y distrajeron tanto que por un instante el corazón la abandonó, y se apoyó contra la pared temblorosa y pálida, aferrando a su hijo contra su corazón con energía convulsiva. Fernando habló:
—¿Eres Viola Amaldi, la que se llama a sí misma esposa de Ludovico de Mondolfo?
—Lo soy… —sus labios formaron estas palabras, pero el sonido murió.