Cuentos goticos
Cuentos goticos No despertó hasta que el sol se hubo encontrado en lo alto. Se había alzado por encima de los templos de Pëstum, y las columnas arrojaban cortas sombras sobre el suelo. Los tenía cerca, invisibles durante la noche, y ahora se le revelaron como las construcciones que habían atraído su vista la noche anterior. Se erguían sobre una planicie irregular, carentes de todo techo, y sus columnas y cornisas arcaban un espacio de hierba alta y llena de maleza, que cubría el azul y profundo, y llenaba con luz y alegría. Viola los observó maravillada y con reverencia; eran templos erigidos a algún dios, que aún parecía deificarlos con su presencia. Todavía los recubría de belleza, y sus ruinas, en el pintoresco yermo y la sublime soledad, podían estar más adaptadas a su naturaleza que cuando se alzaban en su prístina fuerza con sus techos dorados. Y la silenciosa adoración del aire y los felices animales podían ser más adecuados que la presencia de los hombres atareados y despiadados. El más benevolente espíritu-dios parecía habitar aquella zona desierta y llena de maleza; el espíritu de la belleza aleteaba entre esas columnas oscurecidas por el tiempo, pintadas con extraños colores, creando una afable atmósfera en el desierto altar. Temor y devoción llenaron el corazón de la solitaria Viola, y alzó los ojos y el corazón al Cielo en agradecimiento y oración. No es que sus palabras formaran palabras o sus pensamientos sugirieran frases hilvanadas, pero la sensación de adoración y gratitud la animaban, y, mientras los rayos del sol atravesaban la sucesión de columnas, también el gozo, con forma de paloma, descendió e iluminó su alma.