Cuentos goticos
Cuentos goticos Luego, más tranquilos, se sentaron. El triunfo y el gozo iluminaron los ojos del conde, y un modesto rubor brilló en las mejillas de su amada, pues nunca antes había estado sentada con él ni oído sin respuesta sus apasionadas afirmaciones de afecto. Ciertamente, fue la hora del Amor. Las estrellas titilaban en el techo de su templo eterno; el ruido del torrente, la suave atmósfera de verano y el misterioso aspecto del paisaje oscurecido se hallaban en perfecta armonía para inspirar seguridad y voluptuosa esperanza. Hablaron de cómo sus corazones, a través de la mediación de la divina naturaleza, podían estar en comunión durante la ausencia; de los gozos de la reunión y de su perspectiva de perfecta felicidad.
Finalmente, llegó el momento en el que el conde tuvo que marcharse.
—Colocaré un rizo de este sedoso cabello —dijo, alzando uno de los muchos mechones que se arremolinaban en torno al cuello de Adalinda— junto a mi corazón, un escudo para que me proteja contra las espadas y balas del enemigo. —Desenfundó su daga afilada—. Arma impropia para una misión tan gentil —comentó, cortando el rizo, al tiempo que varias gotas de sangre cayeron sobre el blanco brazo de la dama.