Cuentos goticos
Cuentos goticos Habiendo contado rápidamente su historia, trató entonces de buscar el oído favorable de Adalina, que le miraba con ojos de aversión y cólera. Intentó con muestras de pasión y ternura conmover su corazón. ¿Acaso no era él, en verdad, el objeto de su amor? ¿No fue él quien trepó a su balcón en la Villa Spina? Le recordó escenas de mutua demostración de sentimientos, haciendo uso de potentes argumentos con una mujer delicada: rubores puros tiñeron sus mejillas, pero el horror del impostor predominó sobre cualquier otro sentimiento. Éste le juró que tan pronto se casaran liberaría a Ferdinando, y le entregaría, si ella así lo deseaba, la mitad de sus posesiones. La joven contestó con frialdad que antes preferiría compartir las cadenas del inocente en su desgracia que unirse con la impostura y el crimen. Reclamó su libertad, pero la salvaje e incluso feroz naturaleza que había llevado el impostor a lo largo de su carrera delictiva estalló, y lanzó terribles amenazas sobre la cabeza de Ferdinando si ella llegaba a abandonar alguna vez el castillo sin ser su esposa. El aspecto de poder consciente y perversidad desbocada la aterró; sus brillantes ojos declaraban aborrecimiento: le habría sido más fácil morir que ceder en lo más mínimo ante un hombre que la hacía experimentar durante un instante su poder terrible, despertando en ella a una mujer desprotegida, abandonada por completo en sus manos. Le dejó allí, sintiéndose como si acabara de escapar de la inminente espada del asesino.