Cuentos goticos
Cuentos goticos Una hora de meditación le sugirió la manera de escapar de su terrible situación. En un armario del castillo estaban las impolutas ropas de un paje de su madre, que había muerto de repente, dejando esas prendas sin usar. Vistiéndose con ellas, se sujetó el cabello oscuro y lustroso, y con cierto reparo amargo se ciñó la ligera espada. Luego, a través de un pasaje privado que iba desde su propia cámara hasta la capilla del castillo, se deslizó con pasos silenciosos bastante después de que el Ave María hubiera indicado en la noche de noviembre que había transcurrido media hora desde que el sol se pusiera. Tenía en su poder la llave de la puerta de la capilla, que se abrió al empujarla. Después la cerró a su espalda y se vio en libertad. Las colinas sin senderos la rodeaban, el cielo aparecía estrellado y una fría brisa invernal susurraba en torno de los muros del castillo, Pero el temor de su enemigo conquistó los demás miedos, y marchó con paso ligero, en una especie de éxtasis, durante muchas y largas horas por los caminos pedregosos —ella, que nunca antes en su vida había caminado más de uno o dos kilómetros— hasta que sus pies se llenaron de ampollas, y los suaves zapatos se le desgarraron, y se vio perdida por completo. Al amanecer se encontró en medio de las encinas de los Apeninos, sin descubrir alguna morada o un ser humano.