Cuentos goticos

Cuentos goticos

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Estaba hambrienta y cansada. Había traído con ella oro y joyas, pero no había forma de cambiarlos por comida. Recordó historias de bandidos, pero ninguno podía ser tan rufián y cruel como el bandido del que huía. Ese pensamiento, un poco de reposo y agua pura de una fuente de montaña le devolvieron cierto valor, y prosiguió el viaje. Se acercaba el mediodía, y en el sur de Italia el sol del mediodía, sin nubes que lo mitiguen, es opresivamente caluroso, en especial para una italiana, que jamás se expone a sus rayos. Un mareo se apoderó de ella. Vio unos nichos en la ladera de la montaña por la que marchaba, cubiertos de laurel y arbustos, y entró en uno para descansar. Era una grieta profunda y conducía a otra que daba a una caverna espaciosa iluminada desde arriba: sobre una tosca mesa tallada en piedra había unas viandas delicadas, uvas y una bota de vino. Con temor miró a su alrededor y, con cautela, comió lo que había ante ella. Luego se sentó a la mesa, apoyando un codo sobre su superficie y reclinando la cabeza sobre su mano blanca como la nieve, con el cabello oscuro cubriéndole la frente y arracimándose en torno a su cuello. Su pose emanaba una apariencia de languidez y fatiga, mientras sus ojos grandes y suaves se llenaban a breves intervalos con lágrimas cuando se compadecía de sí misma al recordar las crueles circunstancias que la empujaron a su destino. Su peculiar pero elegante traje, su forma femenina, su belleza y gracia, mientras permanecía allí sentada, sola y pensativa en la inhóspita cueva, formaban un cuadro que un poeta describiría con júbilo y a un artista le encantaría pintar.


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