Cuentos goticos

Cuentos goticos

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La caverna donde Adalinda se había refugiado era una de sus guaridas, y allí se dirigían sólo en periodos de inminente peligro en busca de seguridad, ya que no se podía obtener ningún botín en un lugar tan deshabitado. Y allí precisamente, una tarde, regresando de una persecución, encontraron a la muchacha errante, temerosa, solitaria y fugitiva, y jamás un faro fue tan bienvenido para un marino perdido en la tempestad como Ferdinando lo fue para su amada dama.

El azar, cansado ya de acosar al joven noble, le favoreció aún más. La historia de los amantes interesó al bandido jefe y la promesa de una recompensa le impulsó a ayudarles. Ferdinando convenció a Adalinda para que se quedara una noche en la cueva, y a la mañana siguiente se dispusieron para dirigirse hacia Nápoles. Pero en el momento de su partida se vieron sorprendidos por un inesperado visitante: los ladrones trajeron a un prisionero… era el impostor. Al echar en falta por la mañana a quien garantizaba su seguridad y éxito, pero convencido de que no podría alejarse mucho, despachó emisarios en todas direcciones para buscarla. Él mismo se unió a la persecución y siguió el camino que ella había tomado. Entonces fue capturado por estos proscritos, que esperaban un rico rescate de alguien cuyo aspecto denotaba bienes y alta posición social. Cuando descubrieron la identidad del prisionero, con generosidad lo entregaron a manos de su hermano.


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