Cuentos goticos
Cuentos goticos —¡Y yo aquÃ! No, Gegia, viejo como soy, y a pesar de lo mucho que necesitas mi ayuda (y por eso estoy aquÃ), Pisa no será tomada mientras este anciano cuerpo pueda defenderla, o Corradino morir hasta que mi sangre perezosa esté más frÃa en la tierra que en mi cuerpo. No hagas más preguntas, y no me provoques: que yo sepa, no hay noticias, ninguna buena o mala suerte. Pero cuando vi a los Neri, a los Pulci y a los Buondelmonti, y al resto de ellos cabalgar como reyes por las calles, cuyas propias manos aún no se han secado de la sangre de mi pueblo, cuando vi a su hija coronada con flores y pensé cómo la hija de Arrigo dei Elisei guardaba luto por la muerte de su asesinado padre por el fogón de un extraño… mi espÃritu debe estar más muerto de lo que está si tal visión no me hiciera desear arremeter contra ellos; y pensé que podrÃa eliminar su pompa con mi punzón como espada. Pero te recordé a ti, y aquà me encuentro sin estar manchado de sangre.
—¡Eso nunca será! —gritó Monna Gegia, mientras el color cubrÃa sus arrugadas mejillas—. Desde la batalla de Monte Aperto jamás te has limpiado de aquella derramada por ti y tus confederados… ¿y cómo podrÃa ser? Pues el Arno no ha vuelto a correr limpio de la sangre entonces vertida.