Cuentos goticos

Cuentos goticos

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—Y si el mar estuviera rojo con aquella sangre, mientras queda aún más de los Güelfos que derramar, estoy dispuesto a hacerlo de no ser por ti. Haces bien en mencionar el Monte Aperto, y harías mejor en recordar sobre quiénes crece ahora su hierba.

—Paz, Cincolo, el corazón de una madre tiene más memoria de lo que tú crees; y bien recuerdo quién me pisoteó cuando estaba arrodillada y se llevó a rastras a mi único hijo de sólo dieciséis años para morir por la causa de ese hereje de Manfredo. De verdad, no hablemos más. ¡Terrible fue el día en que me casé contigo! Pero fueron épocas felices en las que no había Güelfos ni Gibelinos… aunque jamás volverán.

—Jamás… hasta que, como bien dices, el Arno fluya limpio de la sangre derramada en sus orillas… jamás, mientras pueda atravesar el corazón de un Güelfo; jamás, hasta que ambos grupos se encuentren fríos bajo un féretro.

—¿Y tú y yo, Cincolo?

—Somos dos viejos tontos, y tendremos más paz bajo tierra que sobre ella. Fétida Güelfa como eres, me casé contigo antes de ser Gibelino; y ahora debo comer del mismo plato con la enemiga de Manfredo, y hacerle zapatos a los Güelfos en vez de seguir la suerte de Corradino, y enviarlos con el hacha de batalla en mano a comprar zapatos a Bolonia.


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