Cuentos goticos
Cuentos goticos —¡Calla, calla, buen hombre! No hables tan alto de tu partido. ¿No has oÃdo un golpe en la puerta?
Cincolo fue a abrirla con el aire de un hombre que se siente contrariado por la interrupción de su discurso y está dispuesto a mostrar ira hacia el intruso, sin importar lo inocentes que sean sus intenciones por cortar su elocuente queja. El aspecto del visitante aplacó sus indignados sentimientos. Era un joven cuyo semblante y persona mostraban que no podÃa tener más de dieciséis años, pero habÃa tal control en su porte y tal dignidad en su fisonomÃa, que pertenecÃan a una edad más avanzada. Su silueta, no alta pero sà delgada, y su faz, aunque de maravillosa belleza y facciones simétricas, era pálida como el monumental mármol; los densos y rizados cabellos de su pelo castaño le caÃan sobre la frente y alrededor de su hermoso cuello, la gorra le ceñÃa la frente. Cincolo estaba a punto de introducirlo con deferencia a su humilde cuarto, pero el joven lo detuvo con un gesto de la mano, y musitó las palabras:
¡Suabia, Cavalieri! —las palabras con las que los Gibelinos estaban acostumbrados a reconocerse mutuamente. Continuó con voz baja y urgente—. ¿Tu esposa está dentro?
—SÃ.