Cuentos goticos
Cuentos goticos —Suficiente; aunque para ti soy un extraño, vengo de parte de un viejo amigo. CobÃjame hasta el anochecer; entonces partiremos y te explicaré los motivos de mi intrusión. Llámame Ricciardo de’ Rossini, de Milán, en viaje a Roma. Dejo Florencia esta misma noche.
Habiendo dicho esas palabras, y sin darle tiempo a Cincolo a contestar, con un gesto de la mano le indicó que debÃan entrar en la casa. Monna Gegia habÃa clavado los ojos en la puerta con mirada de impaciente curiosidad desde el momento en que su esposo la habÃa abierto; cuando vio entrar al joven no pudo evitar exclamar:
—¡Jesús y MarÃa!
Tan distinto era de quien habÃa esperado ver.
—Es un amigo de Milán —explicó Cincolo.
—Más probable que sea de Lucca —replicó su mujer, observando al visitante—. Sin duda eres uno de los hombres desterrados, y más osado que sabio al entrar en este pueblo; sin embargo, si no eres un espÃa, te encuentras a salvo conmigo.
Ricciardo sonrió y le dio las gracias con voz baja y suave:
—Si no me echas, permaneceré bajo tu techo casi todo el tiempo que me quede en Florencia, de la que partiré cuando anochezca.