Cuentos goticos

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Gegia volvió a observar a su invitado, y Cincolo lo escrutó con igual curiosidad. Su túnica de tela negra le llegaba por debajo de las rodillas y estaba ceñida a la cintura con una faja negra de cuero. Llevaba unos pantalones de una áspera tela color escarlata, sobre los cuales calzaba unas botas cortas, iguales que las que ahora se ven sólo en los escenarios. Una capa de piel de zorro corriente, sin forro, colgaba de su hombro. Pero aunque su vestimenta era así de sencilla, era como la que entonces lucía la joven nobleza florentina. En aquel tiempo los italianos eran austeros en sus hábitos privados: el ejército francés conducido por Carlos de Anjou a Italia introdujo el lujo en los palacios de los Cisalpinos. Manfredo era un príncipe magnífico, pero su virtuoso rival era autor del amaneramiento en el vestir y los adornos que degradan a una nación, seguro heraldo de su decadencia. En cuanto a Ricciardo… su semblante poseía toda la simetría de una cabeza griega, y sus ojos azules, sombreados por oscuras y muy largas pestañas, eran suaves, pero llenos de expresividad: cuando alzó la vista, los pesados párpados desvelaron la dulce luz que había debajo, volviendo a ocultarlos, como cubriendo aquello que era demasiado brillante de contemplar. Sus labios expresaban una sensibilidad muy profunda y, quizá, algo de timidez, de no ser porque la plácida confianza de su porte prohibía semejante idea. Su aspecto era extraordinario, pues era joven y de cuerpo delicado, mientras que la resolución de sus modales impedía que surgiera en el observador el sentimiento de compasión: podías amarlo, pero se elevaba por encima de la compasión.


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