Cuentos goticos

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Sus anfitriones al principio guardaron silencio. Sin embargo, él les formuló algunas preguntas naturales acerca de los edificios de su ciudad, y, poco a poco, les hizo hablar. Cuando llegó el mediodía, Cincolo miró su caldero de minestra y Ricciardo, siguiendo la dirección de sus ojos, inquirió si ésa no era la cena.

—Deberéis alimentarme —dijo—, pues hoy no he comido.

Se acercó una mesa a la ventana y se sirvió la minestra en un plato, situándola en el centro, y cada uno cogió una cuchara y se llenó una jarra de vino de una cuba. Ricciardo observó a los dos ancianos, y pareció sonreír un poco ante la idea de comer del mismo plato con ellos. No obstante, comió, aunque poco, y bebió vino, con mayor moderación. Sin embargo, Cincolo, con el pretexto de llenar la copa de su invitado, rellenó la suya una segunda vez, y estaba a punto de hacerlo una tercera cuando Ricciardo, apoyando su blanca y pequeña mano en su brazo, dijo:

—¿Eres tú un alemán, amigo mío, que no paras después de tantas copas? He oído decir que vosotros, los florentinos, sois gente sobria.


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