El último hombre

El último hombre

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Con el corazón en un puño yo escuchaba los vaivenes de su delirio. Con varios mantos improvisé un lecho para ella. Su cólera remitió. La frente, perlada de sudoroso rocío, se sumaba a la palidez de la muerte, que se había abierto paso tras el rubor febril. La tumbé sobre los mantos. Ella seguía balbuciendo sobre su rápido encuentro con su amado en la tumba, sobre su muerte inminente. A veces declaraba solemne que mandaran llamarlo. Otras veces se lamentaba del triste futuro que le aguardaba. Su voz se debilitaba por momentos, sus palabras se interrumpían. Al poco le sobrevinieron unas convulsiones y relajó los músculos. Las extremidades perdieron fuerza, suspiró profundamente una vez y la vida abandonó su cuerpo.

La alejé de la proximidad de los demás muertos. Envuelta en mantos, la deposité debajo de un árbol. Volví a contemplar su rostro alterado. La última vez que la había visto tenía dieciocho años, hermosa como la visión de un poeta y espléndida como una sultana oriental. Habían transcurrido doce años desde entonces, doce años de cambios, de penas e infortunios. Su rostro radiante se había ensombrecido, ajado. Sus miembros habían perdido la redondez de la juventud y la feminidad. Tenía los ojos hundidos.

hundida, extenuada

las horas su sangre habían consumido

y surcado su frente de líneas y arrugas. 32


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