El último hombre
El último hombre Con tembloroso horror velé a ese monumento de pasión y desgracia humanas. La cubrí con todas las banderas y ropajes de que pude hacer acopio, para protegerla de las aves y las alimañas hasta que pudiera proporcionarle una sepultura digna. Triste, lentamente, seguí mi camino entre montañas de cadáveres y, guiado por las luces parpadeantes de la ciudad, llegué al fin a Rodosto.