El último hombre

El último hombre

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Fue entonces cuando lord Raymond regresó de Grecia. No podían existir dos personas más distintas que Adrian y él. A pesar de todas las incongruencias de su carácter, Raymond era, enfáticamente, un hombre de mundo. Sus pasiones eran violentas, y como solían dominarlo, no siempre lograba ajustar su conducta al cauce de su propio interés, aunque justificarse a sí mismo era, en su caso, su objetivo primordial. Veía en la estructura social parte del mecanismo en que se apoyaba la red sobre la que transcurría su vida. La tierra se extendía como ancho camino tendido para él: el cielo era su palio.

Adrian, por su parte, sentía que pertenecía a un gran todo. No sólo se sentía afín a la humanidad, sino a toda la naturaleza. Las montañas y el cielo eran sus amigos; los vientos y los vástagos de la tierra, sus compañeros de juegos; siendo apenas el foco de ese poderoso espejo, sentía que su vida se fundía con el universo de la existencia. Su alma era comprensión y se dedicaba a venerar la belleza y la excelencia. Adrian y Raymond entraron entonces en contacto y un espíritu de aversión mutua se alzó entre ellos. Adrian rechazaba las estrechas miras del político y Raymond sentía un profundo desprecio por las benévolas visiones del filántropo.



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