El último hombre

El último hombre

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Con la aparición de Raymond se formó la tormenta que arrasó de un solo golpe los jardines de las delicias y los senderos protegidos que a Adrian tanto le gustaban y que se había asegurado como refugio contra la derrota y la ofensa. Raymond, el salvador de Grecia, el soldado dotado de todas las gracias, que en sus maneras exhibía rasgos de todo lo que, característico de su clima natal, Evadne más apreciaba; Raymond obtuvo el amor de Evadne. Desbordada por sus nuevas sensaciones, no se detuvo a examinarlas ni a modelar su conducta con más sentimientos que los del más tirano de todos ellos, que súbitamente usurpó el imperio de su corazón. Sucumbió a su poder, y la consecuencia natural para una mente poco acostumbrada a esas emociones fue que las atenciones de Adrian empezaron a desagradarle. Se volvió caprichosa. La amabilidad que le había demostrado hasta entonces se tornó aspereza y frialdad repulsiva. Cuando percibía la desbocada o patética súplica en su expresivo semblante, se apiadaba, y por un tiempo breve regresaba a su antigua amabilidad. Pero esas fluctuaciones hundían el alma de aquel joven sensible en las simas más profundas. Ya no le parecía que por poseer el amor de Evad- ne dominaba el mundo; ahora sentía en cada uno de sus nervios que las más funestas tormentas del universo mental estaban a punto de cernirse sobre su frágil ser, que temblaba ante la visión de su llegada.


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