El último hombre
El último hombre Perdita, que por entonces residía con Evadne, era testigo de la tortura que soportaba Adrian. Ella lo amaba como a un hermano mayor, un familiar que la guiaba, protegía e instruía pero sin ejercer la tiranía tan frecuente de la autoridad paterna. Adoraba sus virtudes y, con una mezcla de desprecio e indignación, veía cómo Evadne le hacía sufrir por otro que apenas se fijaba en ella. En la desesperación de sus soledad, Adrian iba con frecuencia en busca de mi hermana y con circunloquios le hablaba de su tristeza, mientras la fortaleza y la agonía dividían el trono de su mente. ¡Una de las dos no tardaría en conquistarla! La ira no formaba parte de sus emociones. ¿Con quién iba a mostrarse airado? No con Raymond, que era inconsciente de la tristeza que le ocasionaba. Tampoco con Evadne, pues su alma lloraba lágrimas de sangre; pobre muchacha confundida, que era esclava y no tirana. Así, en su propia angustia, Adrian lloraba también por lo que el destino pudiera deparar a la princesa griega. En una ocasión, un escrito suyo cayó en manos de Perdita. Estaba húmedo de lágrimas y cualquiera hubiera añadido las suyas al leerlo.