El último hombre
El último hombre Aquella armonía solemne entre el acontecimiento y la situación regulaba nuestros sentimientos y proporcionaba, por así decirlo, un atuendo adecuado a nuestro último acto. La tristeza serena y la pompa trágica asistían al deceso de la desgraciada humanidad. La procesión fúnebre de monarcas antiguos se veía superada por nuestras espléndidas demostraciones. Cerca de las fuentes del Aveiron celebramos los ritos por el último de nuestra especie, exceptuando a cuatro de nosotros. Adrian y yo, tras dejar a Clara y a Evelyn sumidos en un sueño apacible e ignorante, llevamos el cuerpo hasta aquel lugar desolado y lo depositamos en las cuevas de hielo, bajo el glaciar, que crujía y se rasgaba con los sonidos más leves y traía la destrucción a todo lo que se adentrara en sus grietas. Allí, ni aves ni bestias carroñeras profanarían la forma helada. Así, con pasos amortiguados, en silencio, colocamos al muerto sobre un catafalco de hielo, y al partir nos detuvimos sobre la plataforma rocosa, junto al nacimiento del río. A pesar de nuestra quietud la mera agitación del aire causada por el paso de nuestros cuerpos bastó para perturbar el reposo de aquella región congelada; apenas habíamos abandonado la caverna cuando unos gigantescos bloques de hielo, separándose del techo, se desplomaron sobre el cuerpo que habíamos depositado en su interior. Habíamos escogido una noche serena, pero el trayecto hasta allí había sido largo y la luna creciente ya se ocultaba tras las cimas de poniente cuando culminamos nuestra misión. Las montañas nevadas y los glaciares azules parecían emitir su propia luz. La abrupta quebrada, que formaba una ladera del monte Anvert, se hallaba frente a nosotros, y el glaciar a nuestro lado. A nuestros pies el Aveiron, blanco y espumeante, corría entre las piedras que salían a su paso y, salpicando y rugiendo sin cesar, alteraba la quietud de la noche. Unos relámpagos dorados jugaban en torno a la vasta cúpula del Mont Blanc, silenciosos como la mole cubierta de nieve que iluminaban. Todo aparecía desolado, indómito, sublime, y los abetos, con sus susurros melodiosos, dulcificaban aquella majestuosa aspereza. Pero ahora el corrimiento y la caída de los bloques de hielo rasgaron el aire y el estruendo del alud atronó en nuestros oídos. En países cuyos accidentes geográficos son de menor magnitud, la naturaleza manifiesta sus poderes vivos en el follaje de los árboles, en el crecimiento de la hierba, en el dulce murmullo de los ríos mansos. Aquí, dotada de atributos gigantescos, eran los torrentes, las tormentas eléctricas y los movimientos de grandes masas de agua los que demostraban su actividad. Ése era el camposanto, ése el réquiem, ésa la congregación eterna que velaba en el funeral de nuestro compañero.