El último hombre
El último hombre En mi búsqueda había llegado a un lugar algo más alejado, donde se alzaba una torre de vigía de las que, a intervalos, salpican la costa italiana. Me alegré de hallar refugio, de encontrarme con el producto de una obra humana, tras tanto tiempo rodeado de aquella temible aridez natural. De modo que entré y ascendí por la tosca escalera de caracol que conducía a la estancia del vigía. El destino, en principio, se mostró amable conmigo al no enfrentarme a ningún resto de sus anteriores habitantes. Unos tablones colocados sobre caballetes de hierro, y sobre ellos hojas secas de maíz, constituían el lecho que se me ofrecía. Y un cajón abierto en el que se conservaban unas pocas galletas mohosas me despertó el apetito, que tal vez ya tuviera antes, pero del que, hasta ese momento, no había sido consciente. También me atormentaba la sed, violenta, seca, consecuencia de toda el agua de mar que había tragado y de mi cansancio. La naturaleza, amable, había dispuesto que la satisfacción de aquellas necesidades causara placer, de modo que incluso yo me sentí refrescado y saciado al comer aquel triste alimento y al beber algo del vino agrio que llenaba una botella olvidada en aquel lugar abandonado. Luego me tendí sobre el camastro, cómodo para alguien que acababa de sobrevivir a un naufragio. El intenso aroma a tierra y hojas secas fue como un bálsamo para mis sentidos tras el hedor de las algas. Olvidé mi soledad. No miraba hacia atrás ni hacia delante; el cansancio entumecía mis sentidos. Me dormí y soñé con hermosos paisajes de interior, con segadores, con un pastor que silbaba a su perro para pedirle ayuda, pues debía meter el rebaño en el corral; soñé con imágenes y sonidos característicos de la vida montañesa de mi infancia que creía olvidados.