El último hombre

El último hombre

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Desperté sumido en un dolor agónico, pues imaginaba que el océano, desatado, arrastraba en su avance los continentes fijos, las montañas ancladas, y que junto con ellos se llevaba los arroyos que amaba, los bosques y los rebaños. Rugía colérico con el estruendo continuo que había acompañado al último naufragio de la humanidad. Gradualmente recobré los sentidos. Las paredes se alzaban a mi alrededor y la lluvia golpeaba el ventanuco. Qué lúgubre resulta emerger del olvido del sueño y recibir por todo saludo el lamento mudo del propio corazón desolado, regresar de la tierra de los sueños engañosos y llegar al conocimiento indudable de un desastre inalterado. Así me sucedía a mí en ese instante y así me sucedería siempre. Tal vez la punzada de otros pesares se limara con el tiempo y tal vez incluso los míos remitieran durante el día, ante algún placer inspirado por la imaginación o los sentidos. Pero ya nunca contemplaría la primera luz del día sin llevarme la mano a un corazón desbocado, a un alma anegada por la marea incesante de la desgracia y la desesperación. Ahora despertaba por vez primera al mundo muerto -despertaba solo- y el lamento fúnebre del mar, oído entre la lluvia, me recordaba la ruina en que me había convertido. El sonido me llegaba como un reproche, como el aguijonazo de un remordimiento que se me clavara en el alma. Ahogué un grito. Las venas y los músculos de la garganta se me hincharon, asfixiándome. Me tapé los oídos con dos dedos y enterré la cabeza entre las hojas secas del camastro. Hubiera llegado al centro de la tierra para dejar de oír aquel lamento odioso.


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